Delmira AGUSTINI

Presentación

Delmira Agustini (Montevideo, 24 de octubre de 1886 - Montevideo, 6 de julio de 1914)

A principios del siglo XX las revistas y la prensa constituían el circuito moderno de intercambio cultural: laboratorio de creación y carta de presentación de los escritores nóveles. Delmira Agustini se dio a conocer como poeta en 1902 en la revista Rojo y blanco. Continuó publicando regularmente en diversos medios escritos de la época y conquistó muy pronto el elogio de la crítica y la admiración de los lectores.

Pintora aficionada, escritora precoz, exigente y obsesiva, sus cartas y algunas publicaciones tempranas la muestran también como una excelente prosista. Los manuscritos dan testimonio de sus experimentaciones con la escritura y el dibujo y permiten atisbar un proceso de creación tan compulsivo como riguroso. Es posible rastrear en ellos también la deliberada autoconstrucción de una figura de artista.

En una sociedad patriarcal en la que las posibilidades de desarrollo de la mujer estaban recortadas, Delmira tuvo una conciencia clara del lugar que como escritora le correspondía: es posible percibirla en su poesía a través de la reflexión persistente sobre el arte y los artistas y en sus gestos de profesional de la escritura, en un momento en que esa condición estaba en duda aún para los hombres. Durante su breve  vida editó: El libro blanco (1907), Cantos de la mañana (1910), Los cálices vacíos (1913). Su poesía erótica, audaz y perturbadora, llega a un punto de culminación en su tercer libro. Fue tan deslumbrante su creación que sus contemporáneos no pudieron no admirarla, aunque  no aceptaran que una muchacha de su clase social escribiera como ella lo hacía.

Fue la menor de la recordada generación uruguaya del Novecientos. Devoró y transformó la poesía de su tiempo. La poeta y crítica Idea Vilariño anotó su familiaridad con la poesía francesa y puntualizó que “también obró sobre ella una influencia nietzscheana, directa o indirectamente, y de ella proviene, sin duda su heroica idealidad de una aristocracia superativa del hombre” (Nuevo Diccionario de Literatura Uruguaya A-K, 2001).

Es una de las voces del Modernismo latinoamericano, movimiento que discutió y completó con sus versos. Rubén Darío la conoció, elogió y escribió un “Pórtico” para su tercer libro. Mantuvo con el profeta del Modernismo una relación cargada de ambigüedades: reverenció su figura y su poesía y, al mismo tiempo, no se sometió al poder de su autoridad de maestro.

Fue asesinada por el que había sido su novio, su marido y era en el momento de matarla y matarse, su amante. Su excepcionalidad y las circunstancias trágicas de su muerte causaron un impacto perdurable en la cultura uruguaya : su vida y su fin trágico han sido ficcionalizados en numerosas narraciones, obras de teatro y canciones. Al cumplirse el centenario de su muerte en 2014, en el  “Día Internacional de la mujer”, el 8 de marzo,  se le rindió especial homenaje.

Los manuscritos permiten calibrar la enorme dimensión de su trabajo de escritora, su conciencia artística y su  voluntad de belleza.  

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